El despertar de la afición

EL SENSATO INCONFORMISTA

Por José Carlos Arévalo y Miguel Luque / Foto: Maurice Bhero / Ilustración: Humberto Parra

Como Morante y Roca Rey llenan las plazas, y triunfan, y han roto los muros del gueto donde habita la Fiesta, pues resulta que todo va bien. Pero si consultamos el escalafón y comprobamos que a finales de septiembre los toreros han toreado apenas la mitad de lo que toreaban hace cinco años, pues resulta que... ¿todo va mal?

No exactamente, pero el dato de que la Fiesta, en la gran liga del toreo, produce la mitad que hace un lustro es un dato casi exacto. También lo es que los buenos toreros, aunque no posicionados en la primera fila, ayer toreaban (casi) lo que hoy las figuras y ahora apenas se ponen el traje dos o tres veces al año, y gracias. Pues bien, esta paradójica realidad se basa en que el torero es a la vez bueno y desconocido, o en que el antaño llamado "torero novedad" en estos tiempos no es novedad porque hoy nadie conoce los triunfos del recién llegado. La no promulgada pero rigurosamente cumplida ley del silencio es acatada por casi todos los medios de comunicación, incluidos todos los canales de televisión, donde nada existe si ellos no lo muestran, lo que, por desgracia, es un axioma infaliblemente cumplido con respecto a las corridas de toros.

Y, sin embargo, el optimismo del aficionado, o su tranquilidad con respecto al evidente cerco que oprime al mundo del toro, también se asienta en buenas razones. O, mejor dicho, en una principal y espléndida razón: hay toreros. Buenos y en buen número. Y muy distintos. Y de varias generaciones. Tantos que muchos son marginados injustamente. Por dos incuestionables razones: una estructural, la reducción del número de espectáculos sucedida en el último lustro, producto de la comentada discriminación informativa; y la otra, el mal uso que de la mediocre, timorata programación de la Fiesta lleva a cabo la actual empresa taurina, pues, por desgracia, en este escalafón ya no hay figuras como don Pedro (Balañá), don Livinio (Stuyck), don Manuel (Chopera), don Diodoro (Canorea), don José Antonio (Chopera), don José Luis (Lozano). En la actualidad, de la desigualdad entre unas y otras empresas solo han llamado mi atención la gran calidad de la temporada llevada por Garzón, en Sevilla; la gestión de Carlos Zúñiga hijo en El Puerto de Santa María y en Aranjuez, y la de los hermanos Chopera en Salamanca. Al respecto, pido perdón por la digresión empresarial, en la que me ha sobrado espontaneidad y faltado rigor. Cuando termine esta temporada de ferias repetidas volveré al tema.

Ahora estaba comentando la buena nómina de toreros, los suficientes, o más, para crear verdaderos carteles de toros, carteles con argumento intransferible, programaciones aderezadas con aquella "química" a la que se refería Rafael el Gallo, esos carteles que con su solo anuncio cuentan una historia, los que persiguió y consiguió Simon Casas en Nîmes. Carteles que podrán imponerse la temporada próxima, cuya posibilidad ya no pille a las empresas sometidas a la rutina conservadora del sota, caballo y rey, que todavía ha predominado en la presente temporada. Eso sí, con la notable excepción de Sevilla, que este año ha contado con una programación clamorosa. O sea, la Fiesta está en un gueto. Pero en el gueto pintan las cosas bien. Vergonzosa conclusión para el buen aficionado. Aunque de los buenos aficionados, líbranos, Señor. En tiempos de José y Juan pensaban que eran dos voluntariosos muchachos, que no eran nadie comparados con Lagartijo o Guerrita.

Lo que no sabe la crema de la afición es que un gueto es un gueto aunque sea dorado, como el actual. En el presente estamos asistiendo a faenas memorables, verdaderas obras de arte, que no existen para el resto de la sociedad española, la que vive fuera del gueto. Echa uno la vista atrás y es abismal el trato que recibía y recibe la Fiesta. No hay que ir muy lejos. Joselito, Ponce, José Tomás, El Juli interesaban con mucha fuerza de novilleros, tenían tanta fama como los matadores consagrados. Hoy, por ejemplo, hay un joven matador, Víctor Hernández, que torea al natural tan bien o mejor que el mejor muletero de todos los tiempos y, si haces un sondeo en la calle, nadie tiene ni puta idea de quién es. Resulta pasmoso que, en el país que inventó la corrida a pie, los medios de comunicación hayan dejado de informar sobre su segundo espectáculo de masas. Pero de nada sirve quejarse de tamaña inconsecuencia informativa, ni de lo bien que hacen su trabajo los activistas antitaurinos y animalistas. La mediocridad gestora es hoy el principal enemigo de la tauromaquia. Resulta desconcertante que precisamente ahora, cuando la investigación científica ha aportado revelaciones sobre el toro bravo y su lidia que desmontan punto por punto todas las acusaciones de animalistas y antitaurinos, el sector no se haya propuesto su necesaria divulgación.

¿Cuáles son los avales que podrán sacar a la corrida de toros del gueto no impuesto por autoridad alguna, etéreo como una mordaza invisible que se cierne sobre el maravilloso universo del toreo? Por supuesto, la sorprendente floración de muchos y buenos toreros, el avance notable de la bravura y, sobre todo, la decisión que tome el aficionado, callado sostenedor de la Fiesta que, como han hecho los jóvenes ante el fenómeno torero y artístico de Morante de la Puebla, puede decir: hasta aquí hemos llegado. La afición sabe que a la tauromaquia española tres mil años la contemplan. La afición sabe que, contra viento y marea antitaurinos y a pesar del empobrecimiento conseguido por la ley del silencio que la invisibiliza, el escalafón es tan floreciente en toreros y toros bravos como en los buenos tiempos. Y la afición sabe que ha llegado la hora de su despertar.

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